Mikel Zabalza alpinista

Confinamiento alpino, por Mikel Zabalza

Empecé con esto de las expediciones fuera de Europa allá por el año 92. Desde entonces he participado en 38 expediciones por Himalaya, Karakorum, Groenlandia, Antártida y Patagonia; todas ellas con una duración de entre 6 y 10 semanas. Esto sin contar las salidas a los macizos cercanos como Pirineos, Picos, Alpes y Atlas.

En tantos días de montaña he vivido bastantes episodios de confinamiento en campos de altura y por supuesto en el campo base (donde es mucho más agradable).

Expedición a Tierra de Fuego

En febrero de 2004 junto a José Carlos Tamayo e Iñaki San Vicente fuimos a Tierra de Fuego para intentar escalar el Monte Sarmiento. Tierra de Fuego, al sur del estrecho de Magallanes, entre Chile y Argentina, se caracteriza por su nefasta climatología y aislamiento. Teníamos un mes de estancia en nuestro remoto y aislado campo base antes de que el velero que nos trajo viniera a recogernos. Los días pasaban y no veíamos oportunidades de hacer cima, así que decidimos ir unos días al campo de altura que teníamos instalado al pie de las dificultades (a 6 horas del campo base) y probar suerte.

Cogimos víveres como para tres o cuatro días. Finalmente estuvimos siete y hubo que racionar las provisiones duramente. A mediodía el “comandante Tamayo” repartía cuatro cacahuetes a cada uno y una infusión reciclada sin azúcar. Si al menos estuviéramos a 7.000 metros, donde se cierra el estómago y no tienes apenas apetito… pero aquí estábamos a 1.000 metros y me hubiera comido una vaca.

Se agotaron los días y bajamos al campo base con tiempo justo de recoger las cosas, sin intento a cumbre, sin michelines en la barriga, pero con unos buenos cursos de yoga, impartidos por Iñaki, y una bonita y humana vivencia en nuestra minúscula tienda de altura.

Expedición al Paiju Peak

Corría el verano de 2013 cuando intentábamos escalar la Torre Sur del Paiju Peak, en Pakistán. Llegamos a mitad de pared y colocamos nuestra pequeña tienda de dos, donde dormíamos tres, en una plataforma picada a golpe de piolet en el pequeño nevero que colgaba de la pared. El mal tiempo nos sorprendió y nos retuvo ahí tres días sin opción a movernos. Las avalanchas caían por los costados y los pensamientos de seguir escalando se tornaron pronto en salvar el pellejo. Teníamos que esperar que, al menos, remitiese algo el temporal para que las avalanchas no fuesen tan continuas. El temporal no remitía, los víveres se terminaban, y nuestro obligado confinamiento en la tienda se me antojaba como un ataúd.

Llegó el momento de tomar la decisión y arriesgar a bajar antes de que nuestras fuerzas empezasen a mermar. Tuvimos mucha suerte de que ninguna avalancha importante nos alcanzase y besamos el suelo del glaciar.

Corredor Horbein en la cara norte del Everest

En otra ocasión, y de nuevo junto a Alberto Iñurrategi y Juan Vallejo,  intentábamos ascender el corredor Horbein de la cara norte del Everest en estilo alpino. El segundo día colocamos nuestra tienda, una vez más, a golpe de piolet en la gigantesca pendiente de nieve y hielo; en este punto la inclinación sería de 50º. Por la tarde empezó a nevar débilmente y al anochecer ya lo hacía de manera copiosa. El golpear de la nieve en nuestra diminuta tienda, sumado a la altitud (estábamos a 7.300m) no me dejaban conciliar el sueño. A las 00:30 cayó una primera avalancha que estuvo a punto de mandarnos pendiente abajo dentro de la tienda. Suerte que la habíamos fijado firmemente con estacas y tornillos de hielo. Un tobogán de más de mil metros de altura era una buena lanzadera hacia el otro barrio, con lo que rápidamente salimos fuera y con bastante estrés nos colocamos las botas y los crampones. Alberto y yo ya estábamos fuera preparando un rápel para llegar a unas rocas desplomadas que teníamos a unos 50 metros. Cayó una segunda avalancha que destrozó la tienda con Juan todavía dentro. Con la navaja conseguimos abrirle paso a Juan y rapelamos los tres hasta debajo de la piedra protectora. Confinados bajo la roca, sin tienda y pasando las avalanchas por encima nuestro, tallamos una minúscula repisa en el hielo para poder sentarnos y vimos pasar las horas encerrados en nuestro exiguo refugio. Si no paraba de nevar, era imposible que saliésemos de allí con vida, pensábamos los tres, pero ninguno lo verbalizó en ese momento. Juan contaba chistes y decía tonterías como habitualmente y nos echamos unas buenas risas. Es curioso que aún pensando que teníamos pocas posibilidades de salir enteros de esa no tuve sensación de miedo, ni ganas de despedirme de nadie. Tan solo pensaba en que al amanecer tenía que subir a recuperar el material que pudiese de la tienda y las dos cuerdas de 50 metros y 5 mm que teníamos fijadas en ese punto.

Al amanecer fue parando de nevar y paulatinamente las avalanchas fueron remitiendo. Subí a recuperar las cuerdas y comenzamos a rapelar con el temor evidente de que una avalancha nos mandase al carajo.

En otras condiciones habríamos destrepado pero con las contínuas purgas habría sido una locura. Por otra parte, teníamos muy poco material, así que nos las teníamos que ingeniar. Comenzamos haciendo avalakovs (puentes de hielo), un punto de anclaje en el rápel donde se abandona un trozo de cordino de unos 70 cm. Cuando se nos terminaron los cordinos, empezamos a dejar las cintas de dynema, que habitualmente llevamos, y  acabamos cortando todas la cintas posibles de nuestras mochilas. A partir de ese momento empezamos a usar las estacas, solo teníamos tres. Dos rapelaban de dos estacas y el tercero destrepaba, con lo que aliviábamos un poco la tensión; de cada tres rápeles destrepabas uno. En la parte inferior encontramos algo de roca y abandonamos cuatro de los cinco fisureros y tres pitones de titanio que llevábamos. Los dos primeros rapelaban de dos seguros sin triangular y el tercero solo de uno. Llegamos al suelo con un fisurero, dos tornillos y las cuerdas de 50 metros que se quedaron en 30.

Besamos el suelo una vez más y miramos hacia arriba con sensación de alivio.

Estos días tenemos tiempo para pensar en futuros proyectos a su vez que recordamos otros confinamientos que nos ayudan a relativizar y sobrellevar mejor el actual.

¡Muchos ánimos!



Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar su experiencia. Si continúa navegando consideraremos que acepta su uso. Para obtener más información sobre las cookies de esta web, consulte nuestra Política de Cookies

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar